EL MANDALA COMO INDICADOR:
Distinción Ontológica entre Signo y Transcendencia en la Búsqueda Espiritual
El pasaje propuesto articula una reflexión que, desde una perspectiva hermenéutica y fenomenológica, problematiza la relación entre el signo y la realidad trascendente a la que se refiere, recurriendo a la metáfora canónica del "dedo que señala la luna" —topos que transita por tradiciones espirituales como el budismo zen, el hinduismo y la filosofía esotérica occidental— para desarticular la confusión entre medio y fin en el itinerario de la búsqueda personal. El mandala, en tanto constructo simbólico y estructurado, funciona aquí como un significante que dirige la atención hacia un significado no reducible a sí mismo: no es el astro celeste en cuestión, sino el instrumento que posiciona al sujeto en la mirada hacia lo que excede la manifestación sensible.
Esta distinción —que atañe a la ontología del signo y lo significado— es crucial para comprender la naturaleza del misterio que subyace a toda tradición religiosa: lo trascendente, lo original, lo auténtico y verdadero no reside en la forma simbólica ni en el dogma colectivo, sino en lo más recóndito del ser del buscador —un espacio de acogida donde la luna (la realidad última) se revela en su irredutible singularidad. Aquí se configura una encrucijada existencial: el sujeto se encuentra entre el dedo indicador (el mandala, el dogma, el marco de confort institucionalizado) y la luna misma (la experiencia personal, la realidad trascendente, la búsqueda autónoma). Esta tensión no es meramente epistémica, sino ética: implica la elección entre adherirse a construcciones colectivas que pueden operar como barreras ideológicas, o emprender un camino de autoconocimiento que conduzca al "hogar interior" —un concepto que evoca la fenomenología del ser propio en tradiciones como el sufismo o la filosofía existencial de Martin Buber, donde el encuentro con lo trascendente se da en la intimidad del yo en relación consigo mismo.
En este sentido, el texto propone una crítica a la reificación del dogma y de la simbología: ningún constructo colectivo puede sustituir la experiencia personal del trascendente, ya que lo auténtico y verdadero es irreproducible y se revela solo en el ámbito de la singularidad existencial. El mandala, por lo tanto, cumple una función catártica y orientadora, pero su valor radica en su capacidad para hacerse desaparecer a sí mismo en la medida en que el sujeto accede a la realidad a la que señala —un movimiento que recuerda el concepto de apophasis en teología negativa, donde la palabra y el signo se vuelven insuficientes y deben ser superados para acceder a lo inefable.
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Published by Rissho Ankokukai. 1947, 1999.

